miércoles, 11 de febrero de 2009

"Un solo viaje, una sola idea, un solo libro, y una gran teoría, le han dado al hombre un ancestro muy mono" (Abel Desestress)


La gran idea de Darwin —la selección natural como mecanismo que permite que las especies cambien, adaptándose a su ambiente— ha resultado, en estos 150 años, bastante polémica. Ello se debe a que tiene tres problemas de relaciones públicas.
En primer lugar es una idea que, aunque simple —los mejor adaptados heredan sus ventajas a sus descendientes, que van predominando en la población—, resulta antiintuitiva. La selección permite que los cambios ventajosos, producidos al azar y heredados de padres a hijos, se acumulen. El proceso reiterado de variación-selección produce, con el tiempo, diseños que parecen producto de una inteligencia. Cuesta trabajo aceptar que creaciones tan complejas como el ala de un ave o el cerebro —y la mente— humanas sean resultado de un mecanismo ciego.
En segundo lugar, la idea de Darwin es naturalista: a diferencia de la religión, proporciona una explicación completamente natural —casi mecánica— para la maravillosa variedad y las sorprendentes adaptaciones de los seres vivos. Renunciar a una explicación simple y reconfortante (la creación por un ser superior) y sustituirla por un proceso natural puede verse como una amenaza a la fe religiosa. Quizá lo sea.
Finalmente, la idea de Darwin es poderosa. Es aplicable no sólo en biología, sino en economía, estudios culturales, filosofía… No en balde ha sido descrita como “peligrosa”.
Sin embargo, pese a las reticencias, la importancia de esta idea es hoy innegable, y sus aplicaciones cada día más importantes. Por ello, bien merece Darwin que mañana brindemos en su memoria. ¡Salud!

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"Teme al hombre de un solo libro!